Día de la madre (Para que no esperes a que sea el día)

Una llamada que no querés escuchar
Es veintidós de agosto de 2008, seis de la tarde, vuelo a Europa. De pronto, un sonido descolorido sacude mi teléfono. Del otro lado, una voz que herrumbra, cruje mi oído. Sin responder, escucho a alguien que menciona que… aquella persona que me acunó en su vientre, la que me regaló el ser, me amamantó, me cuidó, me enseñó a tomar la cuchara, la que me mimó, me ayudó a aprender a hablar, a caminar, a jugar, a leer, quien me vistió y me susurró hasta hace un rato, sufrió un infarto cerebral.

Entonces, ya nada es igual. Algo pasó, Mi cuerpo se contrae. Al principio, miedo, luego ansiedad, más tarde desesperación… Reflexiono sobre la fragilidad de la vida. Setenta años pasan volando. Y mirar por el retrovisor de los años, me permite dar cuenta de ello.

La reflexión continúa como película en cámara lenta: los momentos de infancia, de adolescencia y de adultez, aunque para “ella” sigo siendo el mismo “m’hijo”.

Un derrame me dicen, lo imagino de amor, pero es de sangre. Entonces, descubro que, en algún momento de mi vida, MÁS y MEJOR fueron la misma cosa y que, al pasar el tiempo, sólo quería MÁS y me olvidé de lo MEJOR. Pero, pasados esos años de euforia, percibí que “alegría” no es lo mismo que “excitación”… y entonces, volví a disfrutar de lo MEJOR sin importar si habría MAS. Mi madre finalmente, ¡vive!, hasta hoy… y yo dentro de ella. Feliz cada día viejita.
(Extracto del libro Convéncete & Sedúcelos)

 

 

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