¿QUIÉN DIJO QUE UN RESTAURANT ES UN LUGAR QUE VENDE COMIDA?

Un hijo. Traer un hijo al mundo. Una descendencia que se transformará en un dependiente absoluto. Me lo pregunto una y mil veces; ¿seré capaz? ¿Sabré qué hacer en esos momentos de incertidumbre? ¿Qué sucederá conmigo, con mi cuerpo, con mi carrera profesional, con nosotros? Tengo miedo y es un miedo que me atosiga y me retuerce. Un miedo que me empuja, me sacude y me retiene a la vez. Casi, no percibo la diferencia. Y el amor… el amor por vos que mete la cola y se derrite como bálsamo que lubrica éstas: mis zanjas aterradoras. Y entonces, me confundo. Amo y temo, a la mismísima vez. Amo y temo. Mezcladas entre un sinfín de otras tantas emociones agazapadas y expectantes, que esperan mi determinación. ¿Qué hacer? Soy consciente que mereceré esta elección de por vida y el significado eterno que retumbará en mi alma, no hará más que recordar la responsabilidad de este momento.

Este era el nivel de profundidad de la conversación en aquel restaurant. En una mesa de amigos de carne y hueso, cara a cara, sin “me gustas”, pero gustándonos por el encuentro, la decisión entre la vida de un nuevo ser, o la muerte de una ilusión, se debatían con celo entre los mariscos y el vino que desfilaban orondos en la madera tratada. Una fórmula generosa y preciosamente humana de plantear un conflicto; en una noche de copas y con el mejor blindaje de confianza.

El lugar, un lugar como muchos. Luces tenues, mesas de cuatro patas y cartas de menú de cartón duro envejecido por el tiempo. Una música de fondo de no se bien que jazzista, y un par de garzones que intentaban esquivar acertadamente cada mirada, cada lágrima, cada estrofa, de aquel encuentro íntimo y profundo. Pero la escenografía jugó una mala pasada. Los platos desentonaron, olvidaron su letra y se incrustaron insulsos al lado de la escasez de la oferta sobrevalorada, inscripta en el cartón duro envejecido. El silbido expreso de un postre fantasma, un vidrio que desafinó al caer de su botella y cuatro cafés fríos que no hicieron más que atestiguar avergonzados, el hilo de aquel guión de dos amantes, que hasta consideraban cambiar sus propios principios, si de salvar el amor de la díada, se trataba.

Quizá, la directora principal de ese recinto que expende comida, no repara, no percibe, jamás reflexiona que las personas no visitan su escenario para satisfacer un par de necesidades fisiológicas. No tiene la quietud, la ternura ni la sutileza de entender, que en ese lugar no se va a comer. No se percata, que más allá de la receta de un experimentado chef, las mismas materias primas pueden bailar de mil formas en una olla casera. Comer, es solo una gran excusa para conversar. Conversaciones frívolas, conversaciones empresariales, o, como en esta ocasión, conversaciones magníficas, llenas de analogías, metáforas y crudas realidades, que sentenciarán para siempre, la vida de una persona, o la de dos. Una conversación con este profundo sentido de lo humano, merece del mayor de los respetos, por el solo hecho de haberse animado y por haber elegido “ese lugar” para llevar a cabo tal obra. Una conversación que estará teñida en la memoria de sus principales protagonistas por la emoción de aquel escenario, de sus actores y de su anfitrión, que son cómplices anónimos de una historia de amor, que escribirá un fragmento en ese lugar, con pluma indeleble. Una tertulia que se anidará por siempre en los cuatro corazones que latían esa noche en perfecta sincronía, armonizando elegantemente con el trino de las copas media vacías de vid, pero completamente satisfechas de felicidad. Una conversación que descubre y encuentra frente a frente al perdón y al agradecimiento y que funde al fin, el éxtasis con la cordura.

No. No es un “lugar” en donde se va a comer. No. Es un lugar para escribir una historia de vida. Por eso, quien decida ser propietario, administrador o trabajador de un fino restaurant de una zona de élite o no; de cualquier ciudad, en cualquier país; no olvide jamás, que no solo pierde a un cliente, dos, o cuatro – en este caso -, por privilegiar ganar una absurda discusión; sino que mancha de paso, la historia de alguien que tuvo el sueño y la valentía de considerar transformarse en madre.

Dedicado con todo cariño para ellos dos que saben que es para ellos.

Y para la dueña de aquel lugar de la bella Montevideo, que confundió vender comida con pintar historias en sus clientes.

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