JÓVENES ACTUALES… ¿TIRANOS INSACIABLES? (Parte II)

El de ayer, un joven viejo, el de hoy un joven niño. Dos extremos separados por solo tres décadas.

Así culminé la primera parte de esta meta-reflexión en mi columna anterior. Un “joven viejo” que vivía desde la permanente necesidad versus un “joven niño” que sobrevive a la inminente comodidad.

La juventud tiene infinidad de interrogantes y es desde éstas, que se construye el mundo. Un proyecto personal lleno de preguntas le entrega al humano un sentido a su vida. El “joven viejo” tenía la pregunta en el bolsillo; ¿cómo hacer para lograr algo más?, ¿cómo vivir mejor?, ¿de qué forma se puede mejorar lo hecho?, ¿qué se precisa para ser feliz?, entre otras, que apuntaban a vivir un crecimiento autónomo e independiente a sus padres. En ese afán, algunos solo se contentaban con una única respuesta y hacían su vida a imagen y semejanza del cuestionado. Otros, se quedaban con la respuesta, pero no accionaban. Pero estaban aquellos, que utilizaban la indagación para escalar, para pensar, para reflexionar, sobre los asuntos importantes de la vida. El “joven niño” por su parte, habla poco y casi ni pregunta. Al menos, no tiene curiosidad de hacerlo a viva voz, a los adultos, a los viejos sabios, a los libros de historia o literatura que narran de la existencia humana. Y si no tiene interrogantes a flor de labios, no conocerá de viejas respuestas, ni podrá hacerse nuevas preguntas sobre las efectuadas. El joven actual en su mayoría, asume, supone, cree en sus pares, le entrega autoridad a la tecnología invasiva o a los medios. Quiere respuestas instantáneas, de satisfacción inmediata. Eso provocará que falle con mayor frecuencia, y en ese intento, se frustre en demasía.

El joven de antes se sentía impotente, pero sorprendido a lo nuevo. La televisión, las computadoras, los viajes, la gente mayor. Todo le provocaba agradable sorpresa y vibraba en la humildad, por descubrirlo. El actual, se siente omnipotente, arrogante ante épocas anteriores, nada lo asombra. Y sin asombro no hay alegría, ni modestia. Irreverente a la autoridad, imagina un mundo que no existe. Aunque afortunadamente no son todos.

Aquellos, usaban el dinero que recibían de sus padres o ganaban de sus empleos tempraneros, en el ahorro, ya que era común escuchar en los hogares ese refrán que rezaba “que el ahorro es la base de la fortuna”. Se privaban de algunos lujos, que quizá varios lamentan, de no vivir el momento, o de disfrutar situaciones cotidianas. Los actuales, piensan que cada día es carpediem. Este concepto latino que significa “vive el día”, acuñado por primera vez públicamente por Robin Williams en la famosa película “La sociedad de los poetas muertos”. En realidad, la cinta era una gran invitación a deleitarse de cada momento, pero si todos los días gastás en lo mismos artículos que acumulás por montones, tomás los mismos refrescos o bebidas alcohólicas como si fueran agua, acudís a los mismos lugares de moda, o comprás la última tecnología, se acaba la sorpresa, la admiración, el asombro, y entonces… el disfrute por “lo nuevo” disminuirá a contados segundos. Ya nada complacerá.

Para los jóvenes de antaño no había excusa que los detuviera. No era la falta de dinero, ni los sistemas sociales con los que no acordaban, ni los profesores que no les gustaban o porque que padres estuvieran ausentes. El único objetivo era triunfar. Lo contrario a ello, se llamaba fracaso. Vivieron buscando la meta y dejaban la vida en ello, lo que no siempre es satisfactorio, ya que no necesariamente hay que llegar a algún lado para sentirse exitoso. Basta con moverse desde un lugar confortable a uno incómodo, y hacerlo a conciencia. Sin embargo, el contemporáneo, tiene muchas excusas que se ha ido fabricando; no hay dinero para independizarse de los padres, los docentes no saben, las escuelas no sirven, las metas no son importantes, la felicidad es el tránsito. Rechaza con rebeldía una sociedad invadida por la hipocresía y los antivalores, pero a su vez su aporte es paupérrimo en la construcción valórica, de esfuerzo familiar o compromiso institucional y cívico.

A los de ayer les faltó infancia, gozo, mayor deleite, mayores conocimientos. A los de hoy madurez en toda su extensión. Son los dos extremos de una misma conducta social juvenil, distanciada por poco menos de treinta años.

En el trabajo, a los de antes se les llamaba trabajadores, eso significaba que debían trabajar para cobrar su salario. También llamados funcionarios, funcionaban como parte de un engranaje mayor, que tenía una dirección. Los de ahora se autodenominan colaboradores, dejando entrever para quien quiera ver, que ellos colaboran, si lo desean. No se sienten obligados ni comprometidos por su trabajo, ni por su jefe que cuestionan con desparpajo en ocasiones, a través de grupos de mensajería instantánea. Ellos, piensan que lo más importante está afuera del lugar de trabajo, sin percibir que es desde el trabajo, que podrán mantener todo lo que esté más allá de los límites de su organización. Las personas, que atendían esas personas de antes, eran denominados clientes, es decir aquellos que pedían un servicio. Los de hoy, atienden a consumidores. Dicho de otra forma, atienden a los que exigen consumir y consumar sus antojos.

Como lo he sostenido desde hace un tiempo, a mi juicio se requiere de una reconciliación generacional. A los de antes les faltaba, a los de ahora también. Quizá los de antes eran héroes saciados y los de hoy tiranos insaciables. Pero ni la conformidad ni la soberbia son amigas de la armonía. Se precisa de una reconciliación generacional que recupere la confianza entre ambas generaciones.

Esta nueva era es de una reconciliación desde la narrativa, desde las historias de cada uno, desde la esencia más humana. Una nueva dimensión espiritual que nada tiene que ver con la religión, más bien valora al individuo en toda su dimensión no importando la época en la que haya nacido, porque en realidad… nadie sobra.

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