JÓVENES ACTUALES… ¿TIRANOS INSACIABLES? (Parte I)

Sin pretender generalizar, el joven de hoy es el otro extremo del joven de hace treinta años. Y justamente, el inteligente colectivo reconoce, que ningún extremo es bueno.

El joven de antes era hijo del rigor, el de hoy es huérfano de padres vivos. El de ayer era criado en la valoración, pero también en el sacrificio como sinónimo de pérdida. El actual, no sabe que es una cosa ni la otra. No la ha vivido. Solo la ha escuchado y en forma remota, por lo tanto no lo sabe. El de antes vivía una vida uniforme, monótona, hasta aburrida (de la escuela/colegio/instituto/universidad a la casa o al trabajo y viceversa). Pero para ese joven de blanco y negro “aburrirse era de tontos”. El joven tecnicolor se aburre con facilidad, y cuando lo hace se conecta, come, tiene insomnio, come, se conecta, se distrae, come, se conecta, se aburre…se conecta. El de antes, quería vivir, crecer rápido para salir de la casa de los padres como sinónimo de independencia, formar pareja, su propia familia, tener una carrera profesional y morir en paz. El contemporáneo parece que sobrevive permanentemente, no quiere crecer, ni piensa en salir debajo del ala dependiente emocional, financiera y sicológica de sus padres/amigos/trabajólicos/ausentes. No quiere una, sino que mil carreras, o quizá maratones, o caminatas o ni siquiera eso, mejor se conecta o ¿desconecta? de la realidad, de la vida de verdad. Una sola pareja es para nerds. Familia, es un concepto que solo le atribuye a los que conoce desde su nacimiento y ni piensa en la muerte, se cree invencible. En esto último sí se parece el de antes y el de hoy. Porque es una característica típica adolescente / juvenil, determinada por la falta del completo desarrollo del pre-frontal cerebral,

que se encarga del juicio, de la razón y la planificación. El último veinte por ciento a desarrollar, culminará su madurez hacia los veinticinco años. Por tanto, es común que los jóvenes (y todos lo fuimos) se sientan superpoderosos. El tema es saber usar muy bien esos superpoderes y no desperdiciarlos. El gran plan es justificar la natural “rebeldía con causa” y no declarar una cruzada “sin causa”, siguiendo corrientes destructivas, dogmáticas, inocuas o sin sentido, disfrazadas por el solo hecho de ir en contra de lo establecido, vomitando a cada paso, un parecer inexperiente y carente de historia.

El joven ochentero/noventero, tenía pocos amigos, pero verdaderos. Los conocía en persona primeramente. Luego interactuaba con ellos. Más tarde, haría con respeto y admiración lo propio con sus padres, para finalmente invitarlos a su casa. El del siglo XXI se enreda en las redes, y llama “amigos” a quienes en su mayoría no conoce. Se jacta de que son miles, pero ni sus reales rostros ha visto. Sin embargo, les confidencia, les permite lo privado y les confía ingenuamente.

Aquel joven de antes tenía que hablar con los adultos. Necesariamente. Aprendía a saludar, a dar las gracias, a buscar a la novia en casa de los suegros o a respetar los modales de cualquier lugar ajeno. Hablaba, se comunicaba, a veces tartamudeaba y exageraba en reverencias. Leía un libro de principio a fin. Uno a la vez y hasta el final. Jamás preguntaba cuántas hojas tenías, sino de qué se trataba. El de hoy abusa de su tercera mano: “el teléfono inteligente”, usándolo como timbre, como golpe de palmas o como toc toc en la puerta de un conocido/amigovio/andante/, mientras escribe con emoticones un: “salí, estoy afuera”. No habla, es monosilábico. Escribe poco y cuando lo hace acorta o abrevia palabras que llena de “caritas”, lee poco y lo hace superficialmente. Solo los títulos le interesan, simples ventanas abiertas que desfilan en microsegundos por su órbitas inexpresivas, a las que ya nada le sorprenden.

El de ayer, un joven viejo, el de hoy, un joven niño. Dos extremos separados por solo tres décadas.

Continuará…

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